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El último Beso. Microrrelato erótico 2018

Esta será la última vez que te vería en mis sueños, la última vez que pasee mis labios sobre tu blanca tez.
Y es que no pudimos despedirnos, no pudimos cerrar nuestro idilio y nuestros placeres con una larga tarde de otoño haciendo el amor.
Simplemente se acabó, sin más, así como el verano en Madrid da paso a un invierno seco, frío, cerrado.
Mi duelo creo que sólo será finito tras una incesante sesión de caricias, de frutas prohibidas y de orgasmos ininterrumpidos.
Antes de eso yo no podré volar a los cálidos brazos de otra mujer.
Así que cerraré mis ojos y soñaré.


Tú y yo. De nuevo juntas. Una lágrima cae sobre mi mejilla al mismo tiempo que mi corazón se enciende, y su llama tenue ilumina la habitación. Mi habitación. Nuestra
habitación. Sonrío, recupero la ilusión que tuvimos durante tantas noches y tantas mañanas, furtivas, bajo las sábanas.
Me siento de nuevo tuya, te miro, me miras. Con esa mirada que sólo tú sabes dedicarme, esa mirada que me derrite al mismo tiempo que está declarando tu devoción por mí.
Me acerco a ti, a tu cuello, lentamente, inspiro la esencia que no olvidaré por años, puesto que tu olor lo llevaré siempre grabado en alguna parte de mi cerebro, probablemente en algún sitio entre el hipotálamo y el hipocampo. Ese olor a fruta dulce, me hace estremecer. Se me eriza hasta el último de mis vellos y cabellos. Sólo con el roce de tu aroma y el casi roce de tu alba piel.


Me susurras al oído que me deseas, y yo beso lentamente tus palabras. Tu voz me acaricia y revolotea como una mariposa en mi erizada piel. Me hechiza, me cautiva, me vuelve a derretir. Mi lengua tímida y tibia humedece tus labios, más dulces aún que tu olor, rojos cual cereza por el carmín (que nunca usas, pero en mi sueño me permito que el rojo encienda las pasiones ya lejanas).


Me detengo en el tiempo y congelo ese beso. Salgo de mi cuerpo para volar y vernos desde fuera, dos metros sobre tierra. Hago una fotografía mental de tan bella escena. Dos bonitas mujeres desnudas fundidas entre caricias en un pasional beso, el último beso infinito. Infinito y para siempre, en mi memoria.


Vuelvo a mi cuerpo para seguir sintiéndote, besándote, amándote. Como si fuera la primera vez, como si fuera la última.
Beso sin cordura, no me controlo, no quiero controlarme, es “El beso” entre los besos.
Húmedo por fuera y por dentro. Húmedo hasta derretirme de nuevo. Ahora entiendo por qué lo llaman beso húmedo y ya no podré llamar beso húmedo a cualquier otra cosa.
Y entonces busco toda tu humedad. Como escarcha deshecha paseo hacia el sur de tu arquitectura, dejándome guiar por otras esencias casi imperceptibles pero presentes, muy presentes en mí, que despiertan cada poro de mi piel, aún más incluso que el mencionado beso infinito.


Acaricio en mi camino tu meloso pecho entre mis dedos, beso cada perfil y cada milímetro de su tersa piel, un pecho perfecto, impecable, como virgen bajo mis manos. Podría pasarme horas admirando su perfección y su calidez. Me excitan aún más sus erógenas, visibles y palpables reacciones, pero instintivamente sigo bajando, no puedo calmar mi curiosidad ni mi deseo por el oasis donde realmente quiero extasiar todos mis sentidos.
Por fin, llegada a tu monte, arribada a este extremo, no puedo más que volverme a detener y respirarte. Inhalo y exhalo tu exquisita humedad. Y me atrevo a seguir
acercándome para acabar sumergida profundamente en ti. Me recreo, puesto que quiero recordar bien este punto cardinal. Tan tierno, tan deseado, tan maravilloso sabor que calma mi sed por tu ser. Y allí descanso sin descanso mi boca hasta igualarnos en temperatura con mi lengua dentro de ti. No quiero (jamás) partir.

En el silencio de mi pausa escucho tu respiración acelerada.


En el silencio de mi pausa escucho tu respiración acelerada. Me pides por favor que no me detenga, que no pare, que continue disfrutando del placer que le estoy produciendo a toda tu anatomía. Tiemblas, ríes, lloras, no sé ya ni qué escucho. No importa. Mi boca en ti, por ti y para ti es lo único que entiendo. Y sin cese, sigo saboreándote y al mismo tiempo que terminas, termino contigo, húmedas y espléndidas sin medida, sexualmente maravilladas, hemos sentido nuestro último orgasmo. Tan colosal como el primero. Tan deseado como cada orgasmo contigo. Se agolpan todos nuestros orgasmos en mi mente como una película de los años 20, mudos, en blanco y negro.


Y de repente oigo a Lorca recitar su “agua loca y descubierta por el monte, monte, monte…” y a Neruda con su canción desesperada. Ellos son parte de ti, y ahora ya parte de mí también. “Era la alegre hora del asalto y el beso. La hora del estupor que ardía como un faro…”. Ardiendo en ti, dentro de ti. Y los mil millones de orgasmos celestes celestiales se convierten en uno solo.
Respiro. Vuelvo a respirar.


Vuelvo en mí. No estás ya. Quedo marchita sola en mi cama ardiendo en una llama de un faro ya apagado. Una suma de olores, sabores, voces y suaves caricias me deja con la miel en los labios. Una sonrisa saborea las lágrimas que no puedo dejar de derramar. Y sonrío porque te he robado del mundo, te he vuelto a sentir, te he imaginado
compartiendo un orgasmo. Y tú probablemente en este mismo minuto estés trabajando. Y vuelvo a reírme. Vuelvo a sentir que te he robado de otras, te he raptado una vez más para mí. Para gozarte, para liberarme, para tenerte de nuevo aquí a mi lado. Y sigo riendo, porque esto nadie me lo roba a mí, nadie me quita lo bailado.

Y sigo bailando a tu son, y agridulce me quedo, pensando en ti con mis dedos “enmimismados».
Quería despedirme pero no puedo. No puedo irme sin más, sin otro orgasmo. Quizá mañana, quizás en un rato. Y me río una última vez porque no te digo adiós, solamente te aviso de que te seguiré buscando entre la gente, en mis paseos, en las calles del Madrid que huelen a ti… Y en mi cama, en mi goce, con tu sexo y todo tu cuerpo, en mi boca y en mi manos.

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