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Prueba médica: la citología

Tienes tu cita para tu próxima citología guardada en el cajón y de vez en cuando la miras sin mucha ilusión, aunque sabes que es muy necesario hacerte esa revisión y que irás obligada, con 0 ganas. 

El día llega irremediablemente, y esa mañana te levantas sabiendo a lo que vas, porque no es la primera vez, claro, y te animas al pensar que por lo menos no tienes que ir en ayunas. 

A las que no nos gustan demasiado «las batas blancas» y demás exploraciones, ese día se pone por delante como un reto de obligado cumplimiento, porque sabemos que la salud es muy importante. O, mejor dicho, es lo más importante. El amor es maravilloso y sin dinero ni llenamos la nevera, ni pagamos la hipoteca, ni nos damos un lujito de vez en cuanto. Hasta ahí, todo muy razonable.

Sales de casa con el resguardo en el bolsillo y te diriges al Centro de Salud, pensando: «Oh, Diosa mía, que se pase pronto, que no me duela mucho y que tenga buena puntería sea quien sea el/la que me vaya a tocar»… Tus pensamientos no se detienen, pero no te detienen, y llegas allí con cara de despiste, anunciando tu cita a las señoras de la recepción. Escuchas un «al fondo a la derecha, Sala 1, no llame a la puerta, espere que ya le avisarán». Te aferras a la tarjeta sanitaria y te diriges a una silla a esperar la llamada. Miras al frente e intentas dejar la mente en blanco, ya que hace poco que practicas la meditación y vas sabiendo cómo prestar atención a la respiración sin dejar que la mente vuele a sus anchas.

A los pocos minutos escuchas tu nombre.

Entras, y te sientas donde te indican.

Una mujer treintañera comienza la entrevista con las manos posadas sobre el teclado del ordenador.

 – ¿Tienes hijos?

 – No, no tengo.

 – ¿Algún aborto?

 – No.

(¿Un aborto yo?)

 – ¿Mantienes relaciones sexuales?

Ante esta pregunta, te dices que tienes respuestas muy jugosas o simplemente optas por una respuesta afirmativa. Qué pregunta tan interesante y para cuánta conversación daría en otro contexto, pero no es plan que le cuentes tu vida sexual, pues de eso no va la pregunta y lo intuyes. «Vuelve, no te enredes en historias…».

Ha llegado la hora de pensar en cómo vas a decirlo. No es que no sepas quién eres, y te dices que qué tontería, que no vas a darle más vueltas a esa pregunta.

 – Sí, sí, tengo relaciones sexuales (a lo mejor no tantas como quisiera, te dices en el monólogo interior y ahora sólo te queda especificar, vamos, que no pasa nada, que tú estás fuera del armario). Tengo relaciones sexuales con mujeres, soy lesbiana, me gustan las chicas… Bueno, me acuesto con chicas. Sólo con chicas.

Repites mentalmente ese «me gustan las chicas» y seguramente lo has dicho como para apoyar tu lesbianismo y suavizarlo de alguna forma, como si hubiera que suavizar algo. Concluyes que acabas de decir la primera tontería del día, pero parece que le has caído bien. Ya está, no ha dolido nada decirlo y además has conseguido llamar su atención sin pretenderlo, ya no mira a la pantalla del ordenador.

 – Muy bien, lo apunto: lesbiana.

Te sonríe, interpretas que ahora es tu cómplice y estás muy orgullosa de haber pronunciado la palabreja. 

Te dice que te quites la ropa, que te tumbes en la camilla y sabes que ya no hay escapatoria. Te desvistes y te dices que pase pronto, por favor. Colocas las piernas en alto y ella se sienta en frente de ti. Con sus herramientas a un lado en una mesita de acero inoxidable, decide que espéculo puede ir mejor contigo y comienza a hablarte.

 – Has hecho muy bien en decirme que eres lesbiana porque así utilizaré el espéculo más apropiado.

 – ¿No duele mucho, verdad?

Te arrepientes nada más haberlo preguntado, porque qué va a pensar de ti, tienes algo más de cuarenta años y acabas de decir la segunda tontería del día.

– Qué va, no tardamos nada.

Te infunde la seguridad que necesitas y sigue sonriendo, se nota que le gusta su trabajo y parece que está de buen humor, tu nerviosismo deduce que va a explorar a la lesbiana del día, quizás a la única de todo el barrio.

Devuelves la sonrisa desde la camilla y mientras te examina mantenéis una conversación algo animada sobre vaginas, sus tamaños y demás peculiaridades de las mismas. Te habla de su experiencia en hacer citologías y tú hablas con la confianza que te inspira esa mujer que será tu amiga durante un rato. Ella parece muy lesbian friendly y empatiza contigo de una forma que te sorprende. Hace que te sientas segura en sus manos porque notas que te está manipulando con el mejor de sus tactos. Te tranquiliza con su comprensión hacia el hecho de que seas lesbiana y que además se lo hayas dicho. Todo va bien y tu hipocondria respira tranquila. Es todo algo surrealista, pero su complicidad te ha ganado a la primera. Nunca habías mantenido una conversación así con una bata blanca y con las piernas tan separadas.

 – Ya está, hemos terminado.

 – ¿Ya?

 – Sí, puedes vestirte.

No ha dejado de ser amable en ningún momento. Se despide de ti en la puerta, aconsejándote que te cuides y que los resultados le llegarán a tu médico.

Sales del Centro de Salud flotando y te alegras mucho de haberte hecho la citología que habías intentado postergar. Tu cabeza fantasea un rato y piensas que era muy guapa y delicada. Qué simpática, qué maravilla de mujer, qué fácil. Como tiene tu teléfono en tu ficha, te imaginas que te llama un día, ignorando la ley de privacidad de datos y que un día vais a quedar para tomar algo y para seguir charlando. Quién sabe, aunque haya una posibilidad entre un millón, podría ocurriros. 

¡¡¡La imaginación es libre!!!

Escrito por Eva Chamorro

IG: @relatosconscientes — Blog: https://relatosconscientes441594898.wordpress.com

Estudiante (Grado en Estudios ingleses). Escritora, blogger, cantautora. Lesbiana y activista (a mi manera). Voluntaria en la ONG It Gets Better España. 

Ilustración por Berta Chacón. IG: @bereber84

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